El siglo XIX y principios del siglo XX en el Valle de Aconcagua
El valle de Aconcagua y su población fue protagonista importante de los procesos políticos, económicos y sociales acontecidos durante el siglo XIX. Podemos decir que, durante este siglo, la región jugó un importante papel como censor de las decisiones tomadas por las autoridades centrales en la capital.
Revisaremos los hechos políticos más relevantes ocurridos durante el siglo XIX y principios del siglo XX, en el valle de Aconcagua, desde los preparativos para la independencia del país hasta la erección del monumento a Cristo Redentor.
Independencia y organización del Estado
A comienzos de siglo, los centros urbanos de Aconcagua (San Felipe y Los Andes) contaban con decenas de viviendas con techos de tejas y otro ranchos que servían de hogar a las primeras familias que vencieron los muchos obstáculos para lograr despegue y proyección de estos centros, destinados, a corto plazo, a ser refugio de los patriotas en la lucha emancipadora. La iglesia parroquial, ubicada en plaza de Armas, debió haber lucido imponente entre las casas vagamente iluminadas, mientras las calle ya delineadas daban el aspecto de una tímida, pero viva realidad pueblerina.
Los hechos de la Independencia en Aconcagua
Continuando con la política centralizadora seguida por los gobernadores españoles durante el siglo XVIII, el siglo XIX comienza en Aconcagua con la división administrativa de éste, que tenía como ciudad cabecera a San Felipe el Real. En 1804, luego de tanta insistencia de la población andina, se crea el partido de Los Andes, quedando como cabecera la Villa de Santa Rosa de Los Andes.
Los acontecimientos ocurridos en España, que precipitaron la caída del régimen monárquico de Fernando VII y la ocupación napoleónica, unidos a la acción de patriotas chilenos, provocaron la formación, en 1810, de la Primera Junta Nacional de Gobierno, que dio pasos significativos hacia la independencia del país.
La victoria de los españoles en Rancagua, en 1814, provocó un total desconcierto en las filas patriotas. En la capital y en Aconcagua, al conocerse la noticia, el pánico se apoderó de la población y, más aún, de aquellos que apoyaban la causa patriota, quienes para no perder sus pertenencias más valiosas, las escondieron o enterraron, hechos que dieron paso a la leyenda de los entierros.
Los entierros
Después del Desastre de Rancagua, las familias que apoyaron a los patriotas, por temor a perder sus bienes materiales como joyas y dinero, los enterraron. Muchas de estas familias se sumaron al éxodo hacia Argentina, para volver después de tres años. Algunas de las personas que enterraron estos bienes murieron en el transcurso de esos años sin develar el secreto del lugar de los entierros, por lo que comenzó a tejerse la leyenda alrededor de estos lugares.
Luego de la derrota de los patriotas, en el período conocido como Reconquista, la población del valle de Aconcagua sirvió a la causa patriota prestando servicios de correos, llevando y trayendo noticias de ambos lados de la cordillera. El arriero Justo Estay, nativo de este valle y ayudante avanzado de Manuel Rodríguez, corrió los riesgos al llevar y traer noticias, debido a la vigilancia española, cumpliendo siempre con su objetivo. Esto le valió el reconocimiento del General José de San Martín, organizador de la expedición del Ejército de Los Andes de quien fue su arriero.
A las órdenes de San Martín se encontraban también un grupo de vecinos, cuya misión fue crear un foco de resistencia en el Valle. La suerte de estos hombres terminó en la horca el año 1816, y fueron conocidos con el nombre de los Mártires de Aconcagua.
Estos fueron los sanfelipeños Juan José Traslaviña, Pedro Regalado Hernández, y José Antonio Salinas de Putaendo, quienes fueron ahorcados por las fuerzas realistas en la Plaza Mayor de Santiago, el día 5 de diciembre de 1816. Un cuarto integrante, el joven de 17 años, Ventura Lagunas de Quillota, se salvó debido a su corta edad, pero tuvo que presenciar con gran impotencia la muerte de sus compañeros.
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